No llegué a notar los viejos aromas a madera antigua cuidada ni a los restos de incienso pero vi las puertas abiertas y no pude resistirme a entrar. Recogían los misterios de la procesión del viernes. La luz entraba a raudales por las ventanas y bóvedas.
Los viajeros de paso también se adentraban sin poder concentrar la mirada en la barroca y rica decoración. Miradas dispersas y bocas abiertas.
¡Que suerte habéis tenido! Hacía años que no podía observar con luz clara semejantes monumentos , que ni siquiera recordaba el trampantojo del órgano, que las ricas pinturas de las bóvedas me parecían nuevas.
Los bancos son nuevos ,el suelo también me lo pareció. No recuerdo desde cuando no lo había pisado.Se conservan aún los crujidos del suelo al pisar.
Afuera , en la plaza , el bullicio de sábado festivo seguía incesante y se fundía con las escasas conversaciones de las cigüeñas que no habían ido al campo a cosechar su alimento.
Luz de Semana Santa, aromas nuevos, recuerdos viejos que se aglutinan con los recién vividos.
Un año más , San Miguel. Un año más, Alfaro.
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lunes, 28 de marzo de 2016
viernes, 7 de mayo de 2010
Armarios y arcones
En casa nuestros armarios tienen nuestro olor, nuestro perfume, nuestro detergente. Es tan nuestro y está tan impregnado que no lo detectamos.
Únicamente , si nos llevaran a ciegas detectaríamos que estamos en nuestros espacios y más si abrimos los armarios. Porque están cerrados y conservan nuestras esencias personales.
Otro caso es el recuerdo de los armarios que acompañaron nuestra vida; en la infancia, en otras casas donde hayamos vivido, aquellas que frecuentemente visitábamos...
Solamente de la solera de un mueble, del material que está hecho, con los productos que se ha cuidado, el tipo de ropa que se ha metido, la limpieza de sus rincones y de su contenido, solamente con eso tenemos una imagen olfativa imborrable.
Me detengo en los armarios de mi infancia: las abuelas, el olor a las bolas de naftalina y a algodón limpio. Cuando entraba la ropa, a casa ventilada; cuando salía , a la mezcla del olor a membrillo o a manzana, y en los sitios más recónditos a naftalina.
En casa de mis padres persiste un armario antiguo, obra de un hermano de mi madre. Está cuidado y en su interior se atesoran los alientos y perfumes familiares: tibios y agradables.
Es como abrir una caja de tesoros.
Ahora, cuando abro el armario de mis hijos pienso que ellos también tendrán un recuerdo parecido con el tiempo. De momento, se está inventando en sus mentes.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Nieve en marzo
Mucha nieve. En pocas horas se tiñó de blanco. Desaparecieron los contrastes del color, todo estaba tapado. solamente figuras adolescentes circulaban por la calle admirando y conviviendo con la novedad blanca.
A mí me vinieron recuerdos, hace diez y siete años....
¿A qué me huele la nieve?
Cuando he ido a monaña, ya había nevado. No recuerdo un olor especial, quizás a agua y barro, a frío.
Pero la asocio al aroma del pan, de coche viejo y húmedo, a metal, a gases de combustión de coches y camiones.
Hace muchos años estuve en la carretera 7 horas conduciendo- o desfilando- a paso de tortuga. La nieve lo había cortado todo, -! ay! país no preparado casi nunca-. Los aromas no eran agradables. No llegué a oler el miedo. El olor de la barra de pan para la cena me reconfortó, todo y que, no llegó a la cena de casa compartida, solo a mí boca ávida de nerviosismo y hambre en las últimas horas.
Cuando llegué a casa traía olor a metal, a automovil. Unos abrazos largos, intensos, unos besos y unas sonrisas de tranquilidad convirtieron la jornada en una aventura.
A mí me vinieron recuerdos, hace diez y siete años....
¿A qué me huele la nieve?
Cuando he ido a monaña, ya había nevado. No recuerdo un olor especial, quizás a agua y barro, a frío.
Pero la asocio al aroma del pan, de coche viejo y húmedo, a metal, a gases de combustión de coches y camiones.
Hace muchos años estuve en la carretera 7 horas conduciendo- o desfilando- a paso de tortuga. La nieve lo había cortado todo, -! ay! país no preparado casi nunca-. Los aromas no eran agradables. No llegué a oler el miedo. El olor de la barra de pan para la cena me reconfortó, todo y que, no llegó a la cena de casa compartida, solo a mí boca ávida de nerviosismo y hambre en las últimas horas.
Cuando llegué a casa traía olor a metal, a automovil. Unos abrazos largos, intensos, unos besos y unas sonrisas de tranquilidad convirtieron la jornada en una aventura.
miércoles, 6 de enero de 2010
Los primeros olores
De los olores de mi infancia el primero que recuerdo es un olor a frío. Se producíaa la llegada a casa de mis padres. Cuando abrían la puerta entraba una ráfaga que invadía el ambiente. Era un frío cálido porque se acompañaba de sonrisas y de compañía.
Ese olor a frío se conserva cuando en invierno, primavera u otoño se ventila la casa. Ese aroma me evoca buenos momentos, sensación de limpieza y de calidez.
No me viene a la memoria un olor a frío que sea negativo.
Ese olor a frío se conserva cuando en invierno, primavera u otoño se ventila la casa. Ese aroma me evoca buenos momentos, sensación de limpieza y de calidez.
No me viene a la memoria un olor a frío que sea negativo.
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